¿Qué es un hecho histórico?

18 Julio, 2013 - 16:14h
que es un hecho historico.

La musa de la historia, Clío.

La mayoría de los historiadores que, desde Leopold von Ranke (1795-1886), pusieron los fundamentos de la profesión histórica lo tenían muy claro, fueran los historicistas en Alemania o los historiadores empíricos en Gran Bretaña. Un hecho histórico era algo que había sucedido en el pasado y que había dejado huella en documentos para que pudieran ser reconstruidos por el historiador. Esa historia empírica y científica había encontrado desde finales del siglo XIX sus principios básicos: el examen riguroso de las pruebas históricas, comprobadas por una investigación imparcial libre de creencias “a priori” y de prejuicios; y un método inductivo de razonamiento, de lo particular a lo general.

Implícitos en esos principios, había también una teoría del conocimiento. El pasado existía independiente de la mente de los individuos y el historiador debía ser capaz de representar el pasado objetivamente y con precisión. La verdad de una explicación histórica residía en su correspondencia con los hechos. En eso consistía el “noble sueño” de la profesión histórica, en la búsqueda de la objetividad. La “teoría ideológica”, declaró Sir Geoffrey Elton (1921-1994), “amenaza el trabajo del historiador sometiéndolo a esquemas explicativos predeterminados y forzándolo así a acomodar sus pruebas para que a su vez encaje en el paradigma impuesto desde fuera”. Quitarse de encima todos los prejuicios y preconcepciones, leer el material dejado por el pasado “en el contexto del día que lo produjo”, mantener alejado el presente del pasado. Esos eran los principios que debían guiar en todo momento al historiador según la difundida e influyente posición de Sir Geoffrey Elton.

Nacido en Alemania en 1921, Geoffrey Elton había estudiado en Praga y completó su tesis doctoral en la universidad de Cambridge sobre el gobierno de los Tudor en la Inglaterra del siglo XVI. En ese trabajo, una investigación ejemplar de historia administrativa, Elton anticipó algunos de los rasgos que le iban a convertir en uno de los más conocidos defensores del empirismo como teoría del conocimiento. El libro que salió de la tesis se titulaba England under the Tudors (publicado por primera vez en 1955), pero en realidad era la historia de una dinastía identificada, confundida en la narración, con la historia nacional. Como el mismo Elton declaró frente a sus críticos, su interpretación del gobierno de los Tudor le surgió no porque él tuviera una mente naturalmente autoritaria que buscaba las virtudes en los gobernantes, sino porque “las pruebas” encontradas le llevaron a ello.

Ya a principios del siglo XX, varias décadas antes de que Elton formulase esa defensa neo-rankeana de la historia, basada en las fuentes más que en las teorías y en las ideas del historiador, uno de su predecesores como “Regius Professor” de historia en la universidad de Cambridge, John Bagnell Bury (1861-1927) había acuñado aquella sentencia famosa de que “la historia es una ciencia, ni más ni menos”. Una ciencia debido a su “minucioso método de análisis de las fuentes” y a su “escrupulosamente exacta conformidad con los hechos”. No había habido historiador desde el principio de los tiempos, decía Bury, que no hubiera profesado ese único objetivo de presentar a sus lectores “la verdad sin mancha ni pintura”.

Tanto Bury como Elton, por lo tanto, creían que utilizar el método histórico correcto era la clave para revelar la verdad sobre el pasado. Ambos compararon la creación del conocimiento histórico con la construcción de un edificio con ladrillos y mortero. Cada trabajo de investigación publicado representaba un ladrillo, sin preocuparse demasiado, según ellos, de cómo se acabaría el edificio. En realidad, nadie podía saber cómo acabaría. El edificio, al final, sería el resultado de la labor de incontables historiadores, artesanos cualificados, que eso es lo que eran en definitiva los historiadores.

Con la información factual e irrefutable situada en el corazón de la investigación histórica, el método de establecer la veracidad de las pruebas se convirtió en algo esencial desde Ranke. Pero esos criterios para valorar los documentos comenzaron a mostrar sus límites cuando los historiadores, entrado ya el siglo XX, expandieron su foco de atención más allá de las elites gobernantes. La mayoría del material documental había sido creado y guardado por las elites de la sociedad y para reconstruir las vidas y experiencias de los de abajo, el historiador debía encontrar otras fuentes y técnicas. Se ampliaba el foco y se ampliaban las fuentes, y eso significaba que, en la mayoría de las ocasiones, resultaba virtualmente imposible para cualquier historiador moderno controlar y leer todas las fuentes existentes sobre su investigación. Surgió así el “relativismo”, la creencia de que la verdad absoluta es inalcanzable y de que todas las afirmaciones sobre  la historia están conectadas con (o son relativa a) la posición de quienes las hacen.

Una de las primera manifestaciones de esa crítica a la objetividad la abanderó el historiador norteamericano Charles A. Beard (1874-1948). El historiador, escribió Beard, no podía ser un “espejo neutral” del pasado: “Nosotros no adquirimos la mente neutral, sin color, porque declaremos nuestra intención de hacerlo así. Lo que hacemos, más bien, es clarificar la mente al admitir sus intereses y las normas culturales –intereses y normas que controlarán, y estorbarán, la selección y organización de los materiales históricos”.

La crítica relativista subió años más tarde de tono, y ganó en profundidad, con la aparición del afamado e influyente libro What is History?, publicado en 1961 por Edward Hallett Carr (1892-1983). Carr argumentó que un hecho pasado no llegaba a ser hecho histórico hasta que no era aceptado como tal por los historiadores. Desafió así la creencia de que la historia constituía  simplemente una materia de hechos objetivos y su obra resultó,  y así fue utilizada por generaciones posteriores, el ataque más enérgico surgido en el mundo británico frente al empirismo y la “falsa objetividad”. Los hechos, venía a decir Carr y repitieron muchos historiadores sociales durante los años sesenta y setenta, no se captan “objetivamente” por el observador, ya que éste sólo ve aquello que está interesado por ver y sus intereses se hallan condicionados por su vida entera.

Los hechos históricos, de acuerdo con Carr, proceden en buena medida de testimonios personales, por lo que han sufrido otra refracción más al pasar a través de las subjetividad del testigo o transmisor original. En palabras suyas, “los hechos de la historia nunca nos llegan a nosotros en estado ´puro´, puesto que ni existen ni pueden existir en una forma pura: siempre hay una refracción al pasar por la mente de quien los recoge”. De ahí procedía la definición de historia de Carr tantas veces repetida: “un proceso continuo de interacción entre el historiador y los hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado”.

La obra de Carr, y la respuesta de Geoffrey Elton en The Practice of History, representaban  muy bien esas posiciones acerca de la objetividad y los hechos históricos. Como ha señalad0 Richards Evans, “mientras Carr abanderaba una aproximación sociológica al pasado, Elton declaraba que cualquier trabajo histórico serio debería tener una espina dorsal narrativa de acontecimientos políticos”. Era un debate entre la herencia del positivismo decimonónico y el relativismo que dudaba de la aplicación de la noción de objetividad a la historia. Era un debate también entre la historia política tradicional y la emergente historia social.